martes, 15 de junio de 2010

LA FUNCION DEL DISCURSO PSICOPEDAGOGICO


El discurso (psico) pedagógico actualmente hegemónico es una realidad que hoy vivimos en nuestro sistema educativo. Como en otros países, el malestar de los docentes ante la indisciplina y la supuesta falta de capacidad para hegemonizar a los grupos de niños que pretenden “educar” se hace mayor. Como educadores partimos de ese supuesto o ilusión, de considerar que, a partir de una intervención adecuada, el futuro del niño será mejor que el nuestro, es decir se concibe la imagen del niño a educar como “reverso imaginario del adulto en falta” por lo tanto como un objeto ante el deseo como adultos de posibilitar o dotar al niño de lo que a nosotros mismos nos ha hecho falta; por lo tanto al perseguir llenar esa falta imposible del deseo, “suturar” como lo dice la lectura, el docente de hoy experimenta un malestar profesional, puesto que desconoce la propia imposibilidad de la tarea educativa que implica por el contrario posibilitar al pequeño hacia un despliegue subjetivo que lo humanice a partir de la palabra, ligando la pulsión del mismo a la cultura que lo rodea. No se trata de adecuar una “receta de cocina” para desarrollar las capacidades de cada niño alrededor de pensamiento naturalista, traducido al constructivismo de hoy, puesto que esto, lejos de ir estrechando la brecha del deseo, se revela como el fracaso escolar tan frecuente en nuestras aulas.

Para ejemplificar esta situación podemos tomar el caso de aquel maestro de “artes plásticas que trata de “enseñar” al alumno como realizar un paisaje.

El maestro concibe una realidad desde su punto de vista y después de un recorrido que él, como adulto, ha hecho por la vida pretendiendo hegemonizar la mirada infantil como si fuera la suya. Así al hecho de que el niño diga “el cielo es verde” el adulto que pretende transmitir sus saberes al cuerpo infantil lo corrige diciendo “no, el cielo es azul”, adiestrando al pequeño, sin considerar la necesidad de éste de desplegar su subjetividad. El hecho de reconocer que el niño despliega saberes que no sabe, facilitaría su práctica evitando el malestar y el supuesto fracaso educativo. Si el adulto, hoy maestro, pudiera reconocer al cuerpo infantil desde una perspectiva psicoanalítica, se daría una verdadera educación puesto que no partiría de esa ilusión imposible de suturar esa grieta del deseo.

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